yo no creo en podar nada.
decidí estúpidamente tal vez
que todo debía ser salvajemente crecido.
pero todo decidió enfermarse, envejecer.
y aun todo permaneció agónico desverdándose cruelmente.
yo no me niego al beso, el beso corta, pero no poda.
no me rindo al corte, el corte sangra, pero no poda.
y en un parpadeo
toda se cayó al suelo
dejando una tierra negra desparramada
y un olor a peste en el aire del amanecer.
yo no me niego al amanecer. tampoco creo en el.
no me convence su piel blanca blanca ni su escalofrío.
no me provoca -tanto- su azul lleno de magias y sonidos.
no me provocan - tanto - sus gemidos.
porque
después de cada quebrazón con ruido incluido
después de sabotear raíces y brotes
nada nace nada muere nada crece en esta casa
a la que se le vuela una teja cada tarde
en donde las lluvias ásperas, oxidadas
ruedan sin piedad calando los nervios.
yo ya no creo en podar algo.
he soñado cada noche con palabras y pausas
y no he podido desprenderme de tu abrazo en particular.
creo en arrancar
en fugar desde la raíz
hasta la más alegre infancia:
en extirpar sin prudencia ni clemencia
cada palabra que se dijo y que dije
después
como un cultivo incansable y muy pestilente
visible solo desde el colorido, desde el artificio.
creo en fugar en fugarme hasta desaparecer
porque ninguna estrella que se fuga reaparece en ninguna parte
porque en ningún espacio la muerte
como fuga
reaparece.

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